Alfonso Villalva / Lo pedía cortado

Para sentirnos en casa

2017-08-27

¿Pues qué no ve el progreso? Me podrá decir
cualquier defensor de la modernidad, de la
vida práctica, de la dinámica globalizante
del Siglo XXI. Seguramente me podrá decir
retardatario, ciego, impráctico.
Alguna alusión a mi pobre madre –que
seguramente es recordada con frecuencia,
junto con todos mis muertos, cuando, en estas
páginas, atento contra la modernidad-. No lo
dudo, pero insisto: hemos relegado nuestra
identidad, la hemos cedido al mare mágnum
que nos inunda con un sistema de vida desechable
y de mala calidad.
Somos una Malinche moderna que ha
establecido los mecanismos para que el
conquistador tenga vía libre para sustituir
nuestras costumbres por otras más rentables,
que se pueden producir en serie en fábricas de
Taiwán, Indonesia o China comunista –ya no
tanto-. Esas que reflejan utilidades adecuadas
en la hoja del balance.
Porque me perdonarán los abanderados
del pragmatismo, pero una cosa es tecnología
y progreso, y otra muy distinta sacrificar el
sentido del gusto, el de la estética, y toda nuestra
percepción generada por la pertenencia a
estas tierras.
Sí. Me dirán que no hay nada como el Mall,
porque además de que tiene aire acondicionado
–hasta misas celebran allí dentro, en
algunos lugares de la República-, da una conveniencia
esplendorosa, pues funciona igual
de centro mercantil –tiendas variadas con
atractivos nombres en inglés-, que de santuario
a las salchichas capeadas, el helado del futuro,
las maquinitas estruendosas y los expendios
automatizados de café y bebidas refrescantes.
Además, tienen la ventaja de ser una especie
de galgódromo, utilizable por los muchachos
modernos –esos que circulan uniformados con
pantalones que arrastran y aretes por todas
partes-, que realizan caminatas infinitas en
su interior, en el transcurso de una tarde.
La verdad, es que nosotros lo hemos permitido.
Aunque no me guste. El brillo de los
espejuelos nos ha obnubilado, y hemos entregado
a precios irrisorios, una buena parte de
nuestro tesoro cultural. Lo hemos cedido al
poder económico, a la imposición avasalladora
que proviene de lugares como Arkansas, Nueva
York, Houston o Los Angeles. Luces de neón,
practicalidad, amas de casa con menos faenas
domésticas, verá.
No estoy de acuerdo, lo siento. Aunque
las causas del fenómeno no son privativas de
nuestra ligereza. También tienen que ver con
políticas públicas equivocadas, con nuestra
integración chicana, producida por la llegada
masiva de nuestra gente a la tierra de lo
desechable -empujada por un país de escasas
oportunidades-, al brillo de los colores, las variedades;
la penetración sostenida por el poder
financiero de las empresas que globalizan
sus mercados en un intento por estandarizar
seres de carne y hueso, homologar su paladar,
su sentido del humor, su percepción estética,
con el único fin de abatir costos.
La invasión de ese sueño americano cuyo
contenido se basa en casa, coche, lancha quizá,
televisor a color y muchos artículos de consumo,
todo a treinta años para que todos tengan,
mientras aquí, nos hemos conformado con la
pesadilla mexicana, que en treinta o sesenta
años, a muy pocos ha dado –eso sí, hasta la
saciedad- y muchos, solamente conocen el satisfactor
a través de los comerciales de la TV. Y
entonces, la imitación barata viene acá, porque
lo que no pasa como innovación, es internado
con la complacencia de algún funcionario de
medio pelo con la billetera repleta. Chatarra
que intercambiamos, sin tocarnos el corazón,
por nuestras costumbres y raíces.
Una vida normal de un mexicano de hace
cuarenta años, tiene poco que ver con la que
desarrollamos los modernos habitantes de
Mesoamérica. Antes, se llevaba a los niños a
los parques, se conversaba en las tardes de café,
había revistas musicales y la familia convivía,
al final del día, reunida en el porche de su
domicilio.
Ahora los niños se divierten en los juegos
de McDonald’s, los jóvenes acuden a antros
de música electrónica, vaya, de DJ y todos, al
final, llegan a sus casas para ver series dobladas
al español, ESPN, Reality Shows o cualquier
otra copia cariñosamente importada por las
televisoras de la nación.
Tacos, sopes, panuchos y tortas, se han
sustituido por hamburguesas, pollo frito, una
película dónde el gringo mata a mil mafiosos
latinos y una deliciosa pizza a domicilio, con
queso sintético y media hora de garantía.
Bebemos coca-cola –los refrescos regionales
están prácticamente extintos-, y abrimos cajas
de alimento instantáneo por aquí, por allá,
dos minutos al horno de microondas, y listo.
Por eso yo me niego a que además, estemos
condenados a que progresivamente, en cada
ciudad, cada pueblo, cada barrio, tengamos
que sacrificar cuatro paredes barrocas por
un anuncio de letras brillantes que ofrece un
value pack de hamburguesas preparadas en
serie frente a catedral. No es nuevo, pero cada
día será peor.
A izquierda o derecha. Todo el paisaje urbano
que lentamente se ha transformado para
acercarse a un referente americano –hay quien
siente orgullo de que su ciudad se parezca cada
vez más a Dallas o San Antonio-.
No estoy de acuerdo, lo siento, a sacrificar
el equilibrio estético de nuestro entorno en
aras de la existencia de los establecimientos
americanizantes, cuyos departamentos de
mercadotecnia toman decisiones aplicables a
chinos, mexicanos y norteafricanos, desde un
edificio de ochenta pisos en Chicago o Detroit.
Finalmente, defender un entorno estético,
no me parece que sea enemistar las inversiones
con la cultura. Simplemente, es un esfuerzo
desesperado de conservación. Y claro, si así alguien
lo desea, pues que vaya y se coma treinta
y cuatro hamburguesas con sabor idéntico en
todo el mundo, pero que lo haga en la cuadra
de la vuelta de catedral, allí donde las luces de
neón no pervierten la cantera barroca. Hay
sitio para todo.
Así es que, dígame lo que quiera, pero
no olvide ese pórtico labrado, esa espadaña
neoclásica, esos capiteles y pilastras jónicos
o dóricos, que albergaron a nuestros muertos,
que acogieron a nuestros abuelos, que significan
el esfuerzo aún perenne de talentos
mayormente mexicanos, y que no combinan,
por más que insista un güerito que calcula
utilidades, con lo poco que nos queda para
sentirnos en casa.
Twitter: @avillalva_
Facebook: Alfonso Villalva P.

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