Catón / De política y cosas peores

Urgen cambios religiosos

2017-06-30

El juez le preguntó a la demandante: “¿Por qué quiere usted divorciarse de su esposo?”. Replicó la mujer: “Porque en los tres años que llevamos de casados nada más me ha dirigido la palabra en tres ocasiones”. El juez le concedió el divorcio, y le otorgó también la custodia de sus tres hijos...

El padre Arsilio le contó a un compañero: “Ayer hice felices a siete personas”. Preguntó el otro: “¿Por qué?”. Respondió el buen sacerdote: “Casé a tres parejas de novios”. “Entonces -lo corrigió su colega- hiciste felices a seis personas”. “A siete -repitió el padre Arsilio-. No los casé gratis”...

Los teólogos raramente tienen hijos -al menos los católicos-, pero si yo fuera teólogo y tuviera una hija le pondría por nombre Eva María. Y es que en esas dos palabras cabe todo un tratado teológico. Por una mujer se perdió el género humano; a través de otra le llegó la redención.

Y sin embargo, por rara paradoja, la Iglesia Católica, pese a su honda mariología y a su intensa devoción mariana, parece girar más en sus prácticas y sus actitudes en torno de la mujer mala que alrededor de la buena.

Durante siglos los clérigos han presentado a la mujer como puerta segura a la condenación, y aun hoy el catolicismo la sigue excluyendo del ministerio sacerdotal e impone a sus ministros ese grave atentado contra la naturaleza -vale decir contra la creación divina- que es el celibato.

Del recelo por la mujer, inculcado desde el seminario, mundo exclusivamente masculino, han derivado oscuros vicios que la iglesia arrastra como pesada cadena. Por querer librarse de lo terreno muchos eclesiásticos han caído en lo más bajo de lo terrenal.

Se diría que la pederastia es mal endémico en esa agrupación de hombres que fueron educados en el temor y la desconfianza a la mujer. Ahora el escándalo ha llegado a lo más alto de la cúpula eclesial.

El cardenal George Pell, tesorero del Vaticano, ocupante del tercer sitio en la escala de la jerarquía curial, enfrenta graves acusaciones en Australia por haber encubierto a sacerdotes pederastas, y a él mismo se le imputan acciones de agresión sexual.

La institución del celibato, creada y sostenida -todas las evidencias así lo indican- por motivos puramente económicos y de poder, resulta cada día más difícil de defender. El celibato es mencionado entre las principales causas de ese mal, la pederastia, que tanto daño ha hecho y sigue haciendo a la Iglesia.

Ciertamente no sólo ahí existen esos abusos, pero entre los que se dicen apóstoles de Cristo es más reprobable. No parece coherente defender con vehemencia el matrimonio entre hombre y mujer y al mismo tiempo excluir de él a los sacerdotes.

De ahí que algunos incurran en prácticas homosexuales, condenadas con la misma vehemencia por la Iglesia, o caigan en aberraciones como la pederastia. Desde luego el celibato no es tampoco causa única de ese estado de cosas, pero entre los laicos es cada vez mayor el número de los que pensamos que es necesario revisar a fondo temas tales como el celibato sacerdotal y la participación de la mujer.

Seguramente yo no veré esa revisión, pero he mirado cambios muy importantes en la Iglesia, y es muy probable que mis hijos y mis nietos, Deo volente, vean otros de trascendencia aún mayor.

Una chica se quejaba con una amiga del insaciable apetito sexual de su novio. “Cuando estamos juntos -le dijo- me deja tan agotada que casi no tengo fuerzas para levantarme al día siguiente e ir a mi trabajo. Ahora está de vacaciones, pero cuando vuelva seguramente vendrá más ganoso”.

Preguntó la amiga: “¿Cuánto tiempo estará fuera?”. Respondió la muchacha: “Pienso que solamente el necesario para fumarme un cigarrito”. FIN.


mirador
armando fuentes aguirre

¿Cómo es posible este milagro, pequeño como un ave; grande como la vida? Del cielo baja una paloma y visita mi casa cada día. Bien sé que no lo hace por mí: lejos estoy de merecer ese milagro; estoy lejos de merecer cualquier milagro. Viene porque han madurado ya los higos de mi higuera. Y sin embargo nunca una paloma había llegado al frondoso árbol, oculto por las tapias del jardín.
La paloma es de ésas que se llaman trigueras. Sus patitas son de color de rosa. Su pecho tiene la curva -y ha de tener la tibieza- de un seno de mujer. Cuando levanta el vuelo, asustada por algún súbito ruido, deja en el aire un rumor tenue. Así, pienso, debe sonar el aleteo de los ángeles cuando se van volando asustados por los ruidos del mundo.
A fuerza de mirarnos la paloma y yo nos conocemos ya. La oigo llegar y hago como que estoy escribiendo, pero la veo con el rabillo del ojo. Ella come, y luego asoma la cabecita entre las ramas. Pareciera darme las gracias. O darme la bendición.
¿Habrá en el mundo, digo, una mejor higuera que la mía, que da higos y da también palomas?
¡Hasta mañana!...


manganitas
por afa

“La policía hace labor de espionaje”.
Caramba, no puede ser
que haga lo que aquí se cita.
Para eso se necesita
alguien que sepa leer.

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