Alfonso Villalva / Lo pedía cortado

Robo del alma

2017-03-17

Por un instante, abandone sus ocupaciones e imagine las implicaciones del robo de un infante. No hablamos de que un cretino mantenga cautivo un chamaco para pedir rescate, sino de un plagio definitivo, permanente, para siempre. El robo, además, ni siquiera implica la simple reubicación geográfica del crío, ni un cambio de familia como en las películas americanas, no.
Es la decisión de una pandilla –integrada por los que generan la oferta, mantenida por quienes demandan- de transformar el porvenir del chiquito y convertirlo –su porvenir, decía- en un infierno.
Sus opciones son muy limitadas. La menos grave consiste en que le priven de su madre o padre, y le asignen a parejas extranjeras que le adopten como quien adquiere una mascota en una de estas tiendas inefables que se montan en los centros comerciales y tienen catálogo electrónico a través de la internet.
Si el chaval no tiene tanta suerte, como si fuese res, lo abrirán en canal para aprovechar sus órganos en una operación de comercio clandestino donde los verdugos no serán los únicos culpables, también se condenarán para siempre los padres del niño que requiere el riñón, o el órgano en cuestión, y lo compran en el mercado negro, sabiendo que consienten el asesinato de otro niño para salvar al suyo.
Si los mercenarios no andan en el negocio quirúrgico, entonces le venderán como esclavo para que sea sodomizado y explotado sexualmente, por un maniático que paga por ello –en sesiones diarias y con dólares en efectivo-, o en películas pornográficas clandestinas.
Imagine el cambio de destino del chamaco, un niño que tenía posibilidades de reír, soñar, navegar por la magia de la infancia, la cual es brutalmente suspendida, mutilada, por unos malnacidos con mucha ambición y buenos contactos en la procuraduría.
Imagínelo usted, y luego me dirá si es un problema ajeno que solamente discuten las organizaciones voluntarias, los padres agraviados, ante la respuesta cínica de las autoridades que niegan la gravedad del fenómeno, mientras la fibra social se pudre y se convierte en carroña que alimenta a los chacales del tráfico de niños.
Imagine que fuera usted el secuestrado; todo lo que hubiera dejado de hacer si hace algunos años le hubiera tocado la maldita suerte de ser elegido como mercancía clandestina. Imagine la vida perdida, las risas olvidadas, la esperanza aniquilada, el futuro negro.
Imagine el corazón y la bilis del padre, o la madre, que recibe la llamada fatídica de su cónyuge, su suegra o la jefa de la guardería de su colonia, informándole que alguien robó a su hijo, que alguien asesinó el alma de su niño.

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