Roberto López Delfín / Vórtice

Peligros a nuestros derechos en línea

2017-03-15

Perdida en la avalancha de información de cada día –esa nueva forma de alienación- casi ha pasado desapercibido que el 7 de marzo WikiLeaks hizo la segunda revelación más importante de su historia, al poner a nuestra disposición vía internet 7818 páginas web, con 943 archivos adjuntos de herramientas de software que la CIA utiliza para intervenir nuestras comunicaciones, teléfonos inteligentes, computadoras y dispositivos con conexión a internet, incluso hackeando aplicaciones que presumían de seguras, como “Signal”, “WhatsApp” y “Telegram” y programas como el IOS10 de Apple.
El hecho es que todos –sin excepción- somos o podemos ser vigilados a través de nuestros televisores inteligentes, dispositivos móviles y computadoras, incluso cuando creemos que están apagados.
Una vez revelado el escándalo, tantas veces advertido por literatos, películas y series de televisión, el Director del FBI, James Comey minimizó la revelación al día siguiente, declarando cínicamente que “la privacidad en Estados Unidos no existe en forma absoluta”(sic) con lo que nos puso muy en claro que “cualquier momento de nuestras vidas” aún los de mayor intimidad “están a su alcance”(sic), por drones, vigilancia perimetral y/o programas informáticos que revelan en tiempo real nuestra ubicación y pueden a voluntad grabar nuestras palabras y acciones. A confesión de parte, relevo de pruebas.
Pero no sólo debemos preocuparnos de que el gobierno de Donald Trump pueda espiarnos impunemente, si se le da la gana. Es del dominio público que nuestro gobierno compró –con dinero de nuestros impuestos- “armas informáticas” a las empresas “FinFhiser” y “Hacking Team” y que con malwares como “DaVinci” y “Galileo” nos han espiado sin control ni registro, cuando menos desde 2013.
Apenas el 11 de febrero pasado, investigadores de la canadiense “Citizen Lab” documentaron el grave e ilegal caso de espionaje del Gobierno de EPN este año, al probar el uso de un programa llamado “Solución Pegasus” de la firma israelí “NSO Group” para espiar a diversos académicos, políticos y empresarios. Igualmente sabemos que el ejército y 12 entidades federativas han adquirido en años recientes, con dinero público, “armas informáticas” y programas de espionaje en México.
Por si eso fuera poco, el Periódico “El Economista” (edición del 27 de noviembre 2016) y el Portal de Noticias “Animal Político” han documentado que, a nivel local, es el Gobierno del Estado de Veracruz el que más intervenciones realizó a los dispositivos móviles e información “privada” y “personal” de sus ciudadanos.
Lo sabemos por el número de solicitudes autorizadas que han presentado a la SCT y al Poder Judicial para que “obliguen” a las telefónicas, carriers y proveedores de servicios de internet, a revelar toda la información sobre un usuario en particular, para que pueda ser espiado “legalmente”.
El uso de “armas informáticas” y software espía que infecta nuestros teléfonos, televisores y computadores, viola nuestros derechos humanos más fundamentales, específicamente las libertades de libre expresión (Artículo 16) y, a la información y a la “intimidad”, la “privacidad” (Artículo 6 constitucional) y otorgan potestad ilegítima a quien los utiliza, por lo que las autoridades que los están usando en nuestro perjuicio, tienen el deber legal de prohibir y castigar su uso.
Esas formas de vigilancia y control otorgan un poder amplísimo que no se justifica de ninguna manera por los criterios constitucionales de “necesidad” y “proporcionalidad” que deben regir la intervención de comunicaciones, ni siquiera las realizadas legalmente y por orden judicial.
Pero como a nuestras autoridades no conviene les perseguir delitos de los que ellos mismos podrían ser acusados, el uso de esas y otras “armas informáticas”, como los “Bots” que destruyen prestigios, esparcen calumnias, distorsionan realidades e inflan la popularidad de los perfiles y publicaciones digitales de quien los paga, están fuera de control.
Los casos de espionaje ilegal siguen saliendo a la luz en todo México, nos reiteran los delitos que los gobernantes y criminales informáticos cometen todos los días contra los derechos humanos de los mexicanos.
Ante tales barbaridades, deberíamos sin duda defender nuestros derechos, exigir castigo a los criminales culpables de espionaje, robos de identidad e información; proteger nuestra intimidad; convocar a un amplio debate público del más alto nivel sobre nuestra privacidad, seguridad y; regular, controlar en forma transparente el uso, proliferación y control de las armas cibernéticas en México y el mundo.
¿No nos parece preocupante vivir en un Estado policial y distrópico? ¿Es aceptable consentir el peligroso destino de nuestra información “privada”? Hay personas que abusan de las redes sociales, dando información reveladora de una intimidad propia o ajena que más les interesa difundir, que proteger.
La ciencia y la tecnología siempre serán buenas, útiles, pero creo que la mayoría de los mexicanos utilizamos el internet hasta banalizarlo, haciéndolo básicamente lúdico y peligroso -cuando lo usamos mal- para nosotros mismos y nuestras comunidades.
Basta ver en Facebook o Twitter la proliferación de “fake news” (infundios), posverdades (realidades manipuladas emocionalmente para mentirnos) y, muy especialmente publicaciones de naturaleza personal y/o íntima: que si hoy alguien amaneció triste o decepcionado; que si estuvo en tal “antro” o restaurante; fotografías de lo que comió; selfies inagotables que exhiben cuerpos y/o estado de ánimo; con qué personas están y cuándo terminan con ellas; canciones que pretenden compartir nuestras derrotas, desengaños amorosos; culpas, éxtasis y/o fracasos; frases “inspiradoras” tomadas de insulsos libros de autoayuda; inútiles e incendiarios activismos de teclado que no aterrizan en movilizaciones sociales y/o políticas ni se traducen en votos, así sean de castigo; púlpitos virtuales donde se envía propaganda religiosa dogmática y amenazante (si no reposteas “Amén” tendrás mala suerte) y; en general la difusión de eventos, pareceres, imágenes y videos sin valor social que nos exhiben -mayoritariamente- como personas patéticas, poco inteligentes y solitarias, mendigando “likes”, buscando compañía o aprobación para nuestras ocurrencias y “estado” del momento, así sean fotos de gatitos.
¿Nos es indiferente que una vez posteada una foto, video o comentario cualquiera lo pueda conservar por siempre? ¿Un espacio informático puede ser de veras una red social o lo es el grupo de personas reales que tratamos, a las que procuramos y reconocemos realmente como amigos, familiares, socios o personas comprometidas con un proyecto o ideal específico?
¿Hemos reflexionado sobre el contenido, verdad y cantidad de información personal que compartimos por Internet en un mundo muy peligroso? ¿Dejaremos de jugar, divertirnos despreocupadamente con la tecnología, para percatarnos de sus riesgos y de que que la vida “real” no suele acontecer en espacios virtuales?
Como el Internet y la realidad virtual son de indiscutible provecho e interés social, propongo que creemos –para comenzar- un grupo en Twitter para organizarnos en torno al rechazo del espionaje de los malos gobiernos y promover la defensa de nuestros derechos humanos, lo mismo en la realidad “real” que en la “virtual”.

#Speculum10

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