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Año XXVI, Número 9217

Peniley Ramírez Fernández / .

El feminismo y la maternidad en México

2017-03-09

Me dijeron que no podía ser madre una mañana de junio, en una oficina soleada de La Habana. Con la voz de quien confirma un destino, la doctora explicó pacientemente que quizá eso podría cambiar, si me sometía a varios tratamientos especiales. Yo tenía 19 años.

Este preámbulo cambió para siempre la dicotomía, que quizá mi formación de izquierda habría interpuesto, entre el hecho de abogar por los derechos de las mujeres y la defensa de la maternidad.

Digamos que esa circunstancia marcó mi decisión en el difícil debate interno entre si quería, por ejemplo, viajar el mundo con una mochila al hombro o trabajar al ritmo de Mozart, con una lámpara de poca luz, mientras dos almas confiadas dormían junto a mí, al pie de la cama, la escena que describe cómo muchas veces escribo esta columna.

Faltan unos días para que cumpla 30 años, así que asisto al inicio de un momento clave en la vida de muchas de mis amigas, de las chicas con quienes crecí, quienes ahora se preguntan si la maternidad en realidad es más importante para ellas que la realización profesional, la libertad para viajar, para tomar tiempo a solas, para vivir de la forma en que quieren hacerlo.

Como parte de mi trabajo como periodista, he conocido otras chicas, también de mi edad, quienes no han podido siquiera plantearse estas preguntas, porque han vivido en condiciones de marginalidad, de conservadurismo, de miedo, de franca violencia de género, en un país donde la cifra de feminicidios se acumula de forma alarmante y las autoridades miran con desgana el cerro de expedientes sin resolver sobre sus escritorios, como si se tratase de una decoración.

La maternidad ha caído sobre estas chicas, no como una de las decisiones más importantes de su adultez, sino como parte de una hoja de vida que alguien llenó para ellas desde antes de nacer.

Recuerdo, por ejemplo, una muchacha que fue madre a los 15 años, cuando el tratante que la había sacado con engaños de su casa en Puebla la embarazó, y utilizó a su hijo como una forma de chantaje para prostituirla.

También otra muchacha, quien fue asesinada en la cocina de su casa en Veracruz, cuando el hombre con quien la habían forzado a su casarse la estranguló, porque no le gustó como había regañado al hijo de ambos.

Y una más, quien fue secuestrada y obligada a trabajar durante meses para Los Zetas en Medias Aguas, cuando intentaba llegar a bordo de la Bestia a Estados Unidos. Allí esperaba encontrar algún trabajo para enviar a su niño en Honduras, a quien cuidaban sus abuelos, pues su padre jamás se ocupó de él.

Las historias de las madres solteras, de las madres adolescentes, de las abusadas, de las violadas por los propios padres de sus hijos, de las asesinadas por los hombres con quienes decidieron procrear, o con quienes procrearon porque nadie les explicó jamás cómo cuidarse, ni les dijo que había sitios del país donde podían abortar legalmente, se expanden como pólvora en México, en pleno siglo XXI.

México es el país con la mayor cifra de embarazo adolescente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). El año pasado, 400 mil adolescentes se embarazaron en aquí. De cada mil mujeres, 77 se embarazan antes de cumplir los 19 años.

Por eso a veces me pregunto si resulta un poco superfluo, un poco insensible incluso, debatir desde la Ciudad de México sobre los derechos de las mujeres a decidir sobre su maternidad, cuando la posición de este debate es tan dispar en otras zonas del país, donde las mujeres están mucho más expuestas al conservadurismo y a la violencia.

Creo que no, que el periodismo, entendido también como una labor para decir con verdad a una sociedad lo mejor y lo peor de sí misma, debe también hablar de las mujeres que no son abusadas, ni forzadas a ser madres, pero a quienes se les impide llevar a sus hijos al trabajo, aunque estén enfermos, o se les niega permiso a asistir a su festival, porque el jefe convocó una junta a esa hora, o a quienes no se les permite trabajar desde casa, cuando el trabajo que deben completar podría tener la misma calidad hecho desde allí.

En México existe una larga tradición de feminismo que ha tenido exponentes brillantes, cuyas batallas han surtido grandes futuros en la construcción de la democracia mexicana.

Considero que desde esa posición de feminismo -leído como la defensa de los derechos de las mujeres, que no deben ser defendidos solo por mujeres- falta mucho por abogar en términos de la defensa de la maternidad, entendida como la decisión de ser madre, como el derecho al aborto, pero también como la lucha por las garantías políticas para serlo sin discriminación laboral, profesional, física, ni social.

Tomado de sinembargo

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