Alicia Dorantes / Rincón de la Abuela

Si lo hubieras conocido…

2017-02-05

Solo existen dos legados perdurables que podemos confiar en dejar a nuestros hijos:
uno son las raíces; el otro, las alas.
Cecilia Lasbury

Querido Sergito:
Sé que eres muy pequeño para comprender lo que a continuación te platicaré a cerca de tu bisabuelo,: apenas cumples tus primeros siete años…siete años, de una vida que espero sea larga y feliz. Ahora bien: Miguel Dorantes Mesa, mi padre, nació el 13 de febrero de 1915, en el poblado de Naolinco de Victoria, Veracruz, del cual ya hemos conversado... ¡Un 13 de febrero, igual que tú, querido niño!

Pues bien, ya sabes que cada año tiene un 13 de Julio... en el de 1968, mi padre salió al encuentro de su destino. Emprendió un viaje que no tendría retorno. Solía decirnos que ningún ser humano era insubstituible: que si hoy faltábamos, alguien al día siguiente ocuparía ese pequeño espacio que pudiéramos haber dejado y desempeñaría nuestra labor, tan bien como nosotros lo hubiésemos podido hacer o tal vez, mejor... En esta carta sin fecha, intentaré relatarte algo acerca de esa persona que tanto influyó en mi formación personal y profesional... ¡Si lo hubieras conocido, Sergito!... como se habrían querido.

Hace algunos años el maestro Arnulfo Pérez Rivera, quien fuera su alumno, hizo una pequeña biografía de él. Comenzaba diciendo:

«Cuando se descubre en el horizonte que nos contiene, un proceso de deshumanización en los dominios de la cultura y de la vida social; cuando se advierte que, cada vez más, se asoman las crestas de un resquebrajamiento moral; y cuando por si fuera poco, la óptica del presente nos transporta y nos revela que no todo hombre es digno de ser considerado hombre, en el sentido limpio de lo que significa serlo, resulta promisorio y aleccionador penetrar en la vida y la obra fecunda de los hombres auténticos, de los hombres permanente apegados a la inmensidad de los ideales, de los hombres iluminados por las llamas de las pasiones constructivas, de los hombres que sin proponérselo, hacen que aflore el ejemplario de sus enseñanzas, poniéndonos en actitud de comprender que si bien algunos de nuestros semejantes destruyen, otros construyen; que si algunos por sistema estorban, otros sirven; que si bien una gran mayoría derrumban, otros edifican y que si otros reciben más de lo que producen, otros producen más de lo que consumen... Y el Dr. Miguel Dorantes Mesa, fue de los que construyeron, de los que edificaron, de los que sirvieron sin relumbrones de oropel, porque fue de los que nacieron para dar mucho más de lo que la comunidad de su tiempo y del tiempo que habría de seguir, pudo proporcionarle u ofrecerle».
Cursó la instrucción primaria en la escuela Enrique C. Rébsamen en la ciudad de Xalapa, la secundaria y la preparatoria en el antiguo Colegio Preparatorio y la carrera de medicina, en la Escuela Médico Militar, recibiendo el título de Médico Cirujano y Partero –además del grado de Mayor– el 7 de diciembre de 1939.

Ingresó a la Secretaría de Marina, fue designado en junio de 1940, Médico Capitán de Corbeta de la Armada Nacional, en Manzanillo, Colima, bullicioso puerto del Pacífico, que plácido se extiende sobre cerros y valles, alcanzando su caserío hasta el anfractuoso, agreste e increíblemente bello litoral del Océano Pacífico.

Miguel Dorantes Mesa a sus escasos veinticinco años de edad era alto, delgado, jovial, amable. Su ensortijado pelo negro, indómito como su carácter, solía caer rebelde sobre la amplia frente, mientras que sus ojos transparentaban la sensibilidad y nobleza interior.

Siempre alegre. Siempre trabajando. Siempre dando la mano a quien más le necesitaba...

Por la mañana prestaba sus servicios en la Zona Naval y por la tarde ejercía la medicina privada. Su casa, nuestra casa, era al mismo tiempo consultorio. Poco a poco el número de pacientes se incrementó y conforme la fama de buen médico crecía, llegaban pacientes de los estados vecinos que viajaban expresamente a verlo... Él, a pie o en bicicleta subía y bajaba cerros, se perdía entre angostas callejas polvosas, sin más compañía que su maletín de cuero negro. Cierto día, alguien le preguntó:
—Miguel ¿por qué cobras lo mismo por una atención en el consultorio que en el domicilio del paciente? La respuesta fue rápida y sencilla:

—Porque el paciente no tiene la culpa de no poder asistir al consultorio. Está enfermo.

La gente de Manzanillo lo quería. Lo quería mucho. Esa etapa de su vida quizá la más romántica, la de los grandes sueños fue breve, pero tan rica y productiva como todas las demás. Con una familia recién formada, Miguel Dorantes soñaba despierto. Soñaba con volver a su Xalapa, de la que siempre estuvo enamorado. Soñaba con un mundo mejor. Con un mundo justo, equitativo, fraterno… honesto. Se sentía seriamente comprometido con su hermano: el hombre.

Los domingos por la tarde, únicas horas en que parcialmente nos pertenecía a mi madre y a mí, dábamos largas caminatas por la playa, mientras el sol agonizante teñía de sangre y oro a las encrespadas olas, antes de morir en la cálida arena abundante en conchitas y pequeños caracoles.

1944 y 1945 fueron para Manzanillo años marcados por la tragedia. Un ciclón sembró pánico, inundación, muerte. Desencadenó la furia de los venenosos alacranes, quienes sintiéndose amenazados en su hábitat, se tornaron más agresivos y cobraron vidas de niños y adultos.

Poco después, en el mes de diciembre un corto circuito... un chispazo en un arbolito de navidad produjo fuego, que de inmediato se propagó no solamente a esa casa, sino también a las casas contiguas, que por estar construidas de madera fueron alimento fácil de las voraces llamas. El incendio consumió la manzana entera. Como horrenda pesadilla, recuerdo haber escuchado toda esa noche el tañer de las campanas pidiendo auxilio, los gritos de pánico de los moradores. Las voces de los hombres. El crujir del fuego...

Sin embargo, la consulta privada de mi padre iba en ascenso, al igual que su popularidad. El dinero entraba con facilidad a la casa. Teníamos una vida cómoda, aunque no superflua. Y fue precisamente una de esas tardes de domingo, durante el habitual paseo vespertino por la playa, que él le expresó a mi madre su vehemente deseo de volver a Xalapa... ¿Sabes por qué, Sergito? Porque confesó que le estaba comenzando a gustar el dinero. ¡Eso él, no lo podía permitir! Así es que por este motivo y por amor a su patria chica, tan pronto cumplió cinco años de servicio obligatorio en la Armada de México, pidió una licencia por tiempo ilimitado.

Con muy poco equipaje, porque pocas cosas poseía y menos decía necesitar, como no fuesen sus libros, llegamos a Xalapa: la ciudad de las flores... Era una mañana deliciosamente fresca del mes de julio de 1945, cuando mi padre, mi madre y yo, tomados de la mano cruzamos juntos por primera vez el parque de Los Berros. Parece que fue ayer cuando el imperceptible chipi-chipi jugando con las hojas de los centenarios árboles, nos regaló su canto, su risa y la suave fragancia de un húmedo beso. Era su regalo de bienvenida.

Para entonces mi padre tenía treinta años. De inmediato encontró un trabajo del cual se enamoró de inmediato. Su deseo de servir lo llevó al sitio más pobre y abandonado de la ciudad; al entonces llamado Lazareto, que años más tarde se convertiría en un sanatorio digno, en el que se atendieron a las personas con tuberculosis. Dicho nosocomio llegó a ser un orgullo para la medicina no sólo en el ámbito local, sino nacional e internacional. Sin embargo, este capítulo de su vida es a mi juicio, tan bello, que merece que te lo relate cuando lo puedas comprender…

¿Por qué traer esto al presente, desde el ayer dormido? Porque precisamente este próximo día 13 de julio se cumplen cuarenta y nueve años de su partida y los que fueron sus empleados, mejor dicho, sus amigos del IMSS, de la que fuera la Asistencia Pública, hoy integrada a la Secretaría de Salud y los que trabajaron en el Mácuil, como solía llamarle cariñosamente al Sanatorio Macuiltépetl, inicialmente construido para personas con tuberculosis, hoy transformado en el Hospital de oncología que lleva su nombre, llevarán flores a su sepulcro y nos han invitado a tus tíos Miguel y Estrella, a sus hijos y a nosotros para que esa mañana le digamos con flores: Miguel Dorantes: para quienes te quisimos, tu recuerdo sigue vivo... Continuará
Te quiere tu abuela: Alicia
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