Veracruz, rumbo a los 500 años

El Viejo Cucarachón

Crónicas de una ciudad surealista Jarochilandia en la mente de Anselmo Mancisidor.

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Veracruz: El Viejo Cucarachón. / Juana Santos Medel
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Juana Santos Medel / Veracruz
2017-07-10 10:50:37

“La cultura en general, pero en especial la cultura popular, dado su carácter subalterno, se halla plenamente expuesta a influencias y agresiones.
En esta posición, bien puede ser enriquecida, deformada hasta la caricaturización, desaparecida, colonizada, etcétera”
Enrique Valencia. Las culturas populares y la DGCP en Antología sobre Culturas Populares e Indígenas I.

Con estas líneas queremos introducirnos a uno de los elementos que reflejan parte de la cultura de un espacio habitado y que puede estar permeado por diversos aspectos como lo político, lo social y económico, entre otros, esto es lo que algunos llaman cultura popular y, enmarcado en ese ambiente el encuentro con personajes que ven la vida de forma diferente, por diversos motivos, y que hacen o hicieron que se percibiera esa realidad de forma cálida, humorística o trágica.
En la ciudad de Veracruz, el carácter del veracruzano dio pie para que en diversos ámbitos surgiera algún personaje, hombre o mujer, que le diera un toque diferente a la vida cotidiana, es precisamente de uno de ellos de quien vamos a hablar, no obstante primero es necesario abordar, brevemente, algunos elementos de quien reunió en un libro titulado Jarochilandia las historias de algunos protagonistas que vivieron en el puerto: Anselmo Mancisidor, quien nació en la ciudad de Veracruz el 21 de abril de 1896 y falleció en la misma ciudad en el año de 1974.

Toda una época
Un veracruzano que nos dejó un legajo de historias en torno a la vida cotidiana, personajes y lugares destacan con gran colorido en su libro al que jarochamente lo llamó Jarochilandia, edición de autor y publicado en 1971.
Anselmo Mancisidor Ortíz, “describe en Jarochilandia, crónica de dominio público en donde… El libro pretende describir el “verdadero carácter veracruzano” “toda una época de humorismo y jocosidad…” (Félix Báez. Contrapuntos de una identidad festiva, en Jarochilandia).
Nuestro personaje, dentro de los muchos que escribió, el Viejo Cucarachón, mismo que describe de tal forma que lo retrata y dibuja para que con la imaginación lo podamos ver.

Todo un personaje
José Parozzi, el Cucarachón, llega a la ciudad de Veracruz y se hace popular por los años 20 y 30 del siglo XX. A su arribo contaba con la edad de 60 años, aproximadamente, y su procedencia es de Palermo, Italia.
En Veracruz su lugar de residencia es ubicado en la calle de Arista, entre Independencia y Zaragoza, muy cerca del callejón de la Campana. Contiguo a su casa se encontraba el mercado Trigueros y el de Carnicería, que más tarde se conocería como Pescadería.
En el mercado se podía encontrar varios tipos de carne animal: res, borrego, cerdo, pollo picado.
El señor Parozzi para poder subsistir tenía que darse a conocer por lo que acompañado de un viejo acordeón tocaba en los restaurantes que por aquella época abundaban en la zona centro, principalmente en las calles de Esteban Morales, Aquiles Serdán, Landero y Coss e Independencia.
Algunas de estas fondas existieron hasta el siglo XX como el café La Sirena que en un tiempo estuvo ubicado en la esquina de la avenida Zaragoza y Aquiles Serdán.
La chamba
El Viejo Cucarachón sobrevivía con lo que generosamente le daban, que en ocasiones no era mucho, y con algunas mercancías de peltre como bacinicas y pocillos, entre otros, que vendía en la banqueta del café la Sirena y que seguramente compraba a precios módicos, como productos de segunda mano, en Sommer Hermann, en la compañía M. During y en Isidoro Ochoa y compañía.
Las dos primeras compañías eran ferreterías, la During Cía estaba ubicada en la calle de Lerdo y el callejón de José Joaquín Herrera (Concepión Díaz Cházaro, 17 de junio 2017).

Sus centros de abasto
La compañía de Isidoro Ochoa fue una “firma fundada en 1876, exportadora e importadora, al por mayor, de abarrotes, vinos, licores y tabaco. Tenía un despacho aduanero, actuaba como comisionista y era dueña de varios buques. Estableció corresponsalías en Nueva York, Mobile y Galveston. Uno de los ramos de la negociación era la compra-venta de ganado y exportaba animales a Cuba”. (Carmen Blázquez Domínguez. Compañías navieras en el puerto de Veracruz en tiempos del régimen porfirista. Revista Sotavento UV).

La percha
Cucarachón, vestía sombrero carrete, una camisa con mangas que arremangaba hasta el codo y encima de esta un chaleco andrajoso, completaba su figura el acordeón que le colgaba atravesando su pecho y también se hacía acompañar de un buen garrote con el cual golpeaba a todo aquel que alcanzaba y al que escuchaba gritarle Viejo Cucarachón, a lo cual el respondía “bandidos”, “desgraciados” y, además, en italiano los mandaba a recordar a su progenitora.
Mancisidor escribe que el apodo de Cucarachón “le venía de la finura con la que trataba a las hembras que eran sus clientas”. También comenta de sus amoríos y de su habilidad para exhibir postales en un aparato que el nombró como “el panorama”.
El viejo Cucarachón, personaje pintoresco del puerto de Veracruz desapareció en los años 30 sin dejar rastro alguno pero si nos dejó dibujado algunos paisajes del puerto loco y lleno de historias, esto también lo escribió Paco Píldora en sus Estampillas Jarochas misma que compartimos:

Cucarachón
Del país del macarrón
y del queso parmesano, vino a dar a esta región
y tomo su posición
de tipo veracruzano;
se dedicó a comerciar
con peltre despostillado
y en los portales tocar
su acordeón desafinado;
muy pronto fue bautizado
y obtuvo confirmación
su apodo bien colocado:
¡El viejo cucarachón!
Por usar un pantalón
y un saco descolorido,
quizá fuera la razón
para haberle zambutido
el sobrenombre en cuestión.
Era el hombre muy luchón
pues desde hora temprana,
ya ancaba por La Campana
con su negocio en acción;
la floreada palangana,
la bacinica, el pocillo,
la olla para el muenudo,
bien la jarra o el embudo
o el molde päl mamoncillo;
su típica mercancía
llevaba al hombro colgada
era quizá rematada
de alguna ferretería,
que a la venta no ponía
por estar ya maltratada;
él barata la vendía
por los patios y solares,
estando de buen humor
hacía venta al por menor,
sacando aires populares
de su acordeón soplador.
Cuando la gente empezó
a llamarlo por su apodo,
el hombre cambió de modo
y mucha leña metió;
“Cuidao” que atizó garrote
contra de la chamacada
que lo traía hasta el cogote
con la bilis derramada,
el portal, el callejón,
el zaguán fueron su azote
y andaba en ellos al trote
con sus trastos y acordeón.
Dejó su música y negocio
y armado de un buen bastón
fue vagando con su ocio
por toda la población
propiciando la ocasión
de que la chiquillería
le armara la gritería
al Viejo Cucarachón.

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